Catorce horas despues de despegar de Londres aterrizo hecha un guinhapo en el aeropuerto internacional de Trivandrum. Soy la unica rubia del avion. Me doy cuenta de ello en cuanto me coloco en la cola para el control de pasaportes. El marcador de pasajeros indica que el total de extranjeros asciende a tres: una pareja de Brits con sus mochilas y la que suscribe. Los rizos de mi pelo empiezan a ser objeto de interes entre los ninhos. Aqui NADIE tiene el pelo rizado. Rubio y rizado equivale a bicho raro. Lo ninhos me miran entre divertidos y curiosos. Sus ojos oscuros y penetrantes me dejan hechizada. Soy yo la que les miro a ellos.
Trivandrum es un aeropuerto pequenho. Las cintas por donde salen las maletas se ven desde la cola de los pasaportes. Alcanzo a ver a una marea de personas y de carritos que se arremolina entorno a la cinta y empiezo a entender que recuperar mi maleta no va a ser facil… Pues no, no es nada facil. El sistema indio para recuperar el equipaje es mi primer shock cultural. Las personas no esperan con su carrito de la mano sino que se plantan alrededor de la cinta habiendo dejado el carrito detras de ellos totalmente ajenos a la posibilidad de que alguien salga corriendo con sus cosas. Se ve que nunca han pasado por el aeropuerto de Madrid. Naturalmente me encuentro del otro lado de la caotica marea de carritos sin ninguna posibilidad de acercarme a la cinta, o sea, mas o menos en quinta fila. Para mi gran sorpresa no soy la unica. Un local viene empujando con su carrito y machacandome los tobillos en el proceso. Estoy a punto de girarme con cara de mala uva cuando este simpatico local me aparta, aparta un carrito, dos, y tres con toda naturalidad y se abre hueco hacia la cinta. En ese momento solo puedo pensar en una cosa… si pasa el, yo voy detras. Asi si los locales le montan bulla que se entiendan entre ellos. Tiro decidida tras el local quien, oh sorpresa! no se dirige a la cinta sino a una espacio en el cual no habia reparado (enterrado entre la masa de locales) donde hay varias maletas que han ido retirando de la cinta. Sale victorioso con su maleta. Me sonrie. Aqui todo el mundo sonrie. Se ve que nunca han vivido en Belgica. Deduzco logicamente que la mia tambien puede andar enterrada alli pero para eso me tengo que alejar del carrito cargado con los duty-free de Dubai que son mi regalo para los padres de la persona que me acoge en su casa. Confio en mis angeles, abandono mi carrito, penetro en la masa, busco una maleta roja, no la veo, empujo otro poco y, si, ya la veo, enterrada al fondo asoma mi maleta triturada bajo el peso de otras dos. Me pregunto como la voy a sacar de ahi…. De repente, le indico a alguien que si, que esa al fondo el la mia, pero que no llego a no ser que aplaste a tres personas. De repente, 26 kilos de maleta pasan de mano en mano (la cara de ninha buena ha funcionado en Londres) y me la ponen a mis pies. En ese momento quiero decir GRACIAS, thank you thank you thank you. Sois estupendos, y caoticos, y muy simpaticos! Me voy con el botin, recupero mi carrito donde todo esta asi como lo deje, y salgo con la sonrisa de la Victoria. Una pareja de locales me felicita. Parece que he pasado la primera prueba.
Son las cuatro y media de la manana. Las doce en Belgica. Voy hacia la salida y empiezo a ver la masa arremolinada esperando a sus seres queridos. Me pregunto como sera Manu y si me va a reconocer. Parezco un gremlin, y la foto que le envie era de lo mas glamurosa. Imposible reconocerme. Empujo el carrito con la poca dignidad que me dan tantas horas de vuelo en las espaldas y de repente, un poquito mas lejos veo un cartel del tamano de un DINA3 con mi nombre escrito tan grande y tan claro “INMA” que es imposible no verlo. Ni me acuerdo cuando fue la ultima vez que alguien me recibio asi. En realidad creo que nadie me ha recibido nunca asi. Lo mas cercano sucedio en el aeropuerto del Prat hace como mil anos, cuando el hoy mi ex-novio me recibio con un ramo de gerberas que le tapaba completamente. Esto no son flores pero me hace sentir igual de bien. Se me olvida el cansancio, saludo contenta, y encuentro la sonrisa blanca de Manu, satisfecho de haberme encontrado. Los dos respiramos aliviados. La masa nos mira, me mira. Parece ser que no es tan normal ver a rubias, no acompanadas y sin nada de “charme” saliendo a esas horas del aeropuerto.
Finalmente he llegado a Trivandrum.